La Condesa descalza

—Ya me hubiera gustado ser tan guapa como Ava Gardner.

Me parece oírte mientras tecleo el título en el ordenador.

Pero la triste realidad es que ya no puedo hacerlo, y si estoy escribiendo este artículo es porque tú… ya no estás.

Cierto es que, aunque fuiste una mujer atractiva, no tenías el imponente físico de la apodada “el animal más bello del mundo”; sin embargo, eras poseedora de esa otra belleza más profunda, la que no se ve a simple vista, y que no es sino la belleza del alma, la cual te hizo brillar con una luz propia y especial a lo largo de toda tu vida.

Una vida que bien podría ser el guion de una película por el que, sin duda, pujaría cualquier gran productora de cine o televisión.

Película en la que nosotros tendríamos la inmensa fortuna de ser unos personajes secundarios a los que tú, sin el divismo que, a menudo, caracteriza a la actriz principal, lejos de eclipsarles, estoy segura de que procurarías hacerles destacar sin ningún recelo.

Porque si algo te caracterizaba era tu infinita generosidad.

Valor que te hacía ser extremadamente sensible a las necesidades de los demás, colocándote en su lugar para observar sus dificultades e intereses, y así saber proporcionarles el mejor de los alivios o el necesario ánimo y apoyo en el momento oportuno.

Cuántas veces y a cuántas personas, incluida a mí, agarraste fuerte de la mano, mientras otros la soltaban, ayudándolas a transitar por esas tormentas con la que, a veces, el universo, de forma inesperada, cruel y caprichosa te sorprende.

Desconozco con detalle, y la verdad nunca me ha interesado demasiado, la historia del título nobiliario que ostentabas y con el que siempre “pasabas de puntillas” sin alarde de ningún tipo, aunque algunos se hayan obstinado, tras tu fallecimiento, en destacarlo con martilleante insistencia.

Pero sí que te conocía, y mucho, a ti, y por esta razón pienso que, si para merecer tan ilustre reconocimiento hubiera sido requisito sine qua non ser una persona generosa, sencilla, empática, fiel, alegre, acogedora y que jamás, aunque la hubieran gravemente lastimado, hablara mal de nadie, no me hubiera resultado extraño que, en lugar de uno, hubieran sido varios tus nobles títulos.

Tenías todas esas cualidades que hacen GRANDE, con mayúsculas, a un ser humano.

Pese a ello, inexplicablemente, cuando algunos te lo hacíamos saber, te sonrojabas tímidamente como si, de algún modo, no te creyeras digna de tan justificado calificativo.

Ahora, cuando repaso, torturada por tu ausencia, tus audios de WhatsApp en mi teléfono, me ha llamado poderosamente la atención algo que, hasta entonces, me había pasado inadvertido. Buena parte de tus mensajes, y en especial, los últimos, comienzan con un “muchas gracias”.

¡Muchas gracias me decías, hasta incluso, por quererte!

No eras consciente de que éramos nosotros los privilegiados y los que teníamos que sentirnos agradecidos por tenerte como primera o segunda madre, como mejor e íntima amiga, como abuela, como amiga a secas, como suegra, como prima, como fugaz confidente… como todo… y para todos.

¡Cuánto te vamos a echar de menos!

Y es que, aunque nos hayas dejado importantes y secretas lecciones como legado, olvidaste enseñarnos una esencial… ¿cómo haremos para poder vivir sin ti?

Entonces, de nuevo, poniéndose en entredicho mi propia cordura, creo volver a escuchar tu peculiar voz, que nos dice:

—La muerte no es nada… lo que éramos el uno para el otro, lo continuaremos siendo.

Pronuncia mi nombre en casa, háblame como siempre lo has hecho, sigue riéndote de lo que nos hacía reír juntos.

La vida es lo que es, lo que siempre ha sido. El hilo no está cortado.

¿Por qué estaría yo fuera de tu mente simplemente porque estoy fuera de tu vista?

No estoy lejos… justo, al otro lado del camino.

En memoria de M. D. A. L.

Patricia.

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